¿Qué consecuencias tiene la fabricación de nuestra ropa?

La industria de la moda es, nada más y nada menos, que la segunda más contaminante del planeta.

Este dudoso honor viene provocado, por un lado, por lo que significa fabricar una nueva prenda, y por otro lado, por la cantidad de prendas de nueva fabricación que soportamos.

¿Qué consecuencias tiene la fabricación de una nueva prenda?

En primer lugar nos encontramos con lo que se conoce como “huella hídrica”, que hace referencia a la cantidad de agua que se necesita durante el proceso de fabricación. Este concepto engloba desde la necesaria para abastecer los cultivos que proporcionan la materia prima, hasta la utilizada en la fabricación propiamente dicha.
Para que nos hagamos una idea, dos datos: una camiseta de algodón necesita 2.700 litros de agua, y un pantalón vaquero 10.000 litros de agua. ¿Parece mucho, verdad?

Además del agua necesaria para el cultivo de estas materias primas, nos encontramos con el uso de pesticidas en ellos. Se estima que el sector de la moda es responsable del 10% de los pesticidas y del 25% de los insecticidas utilizados al año a nivel mundial. El uso de estos productos daña seriamente la microflora y microfauna autóctona y sus residuos acaban en el río más cercano.

Por otro lado tenemos los tintes y procesos químicos a los que tienen que ser sometidas nuestras prendas para que tengan el aspecto y colores finales.

Una vez acabada la prenda continuamos con el festival, esta vez en forma de transporte, y es que la deslocalización de la industria textil no solo contribuye a la explotación de mano de obra (le tenemos ganas a este temita), sino que el transporte necesario para mover estas prendas es también altamente contaminante.

 

Por último nos encontramos con el momento de desechar nuestras prendas. Mientras que el algodón o la lana tardan 6 meses y un año en degradarse, con las fibras sintéticas deberemos empezar a contar en siglos.

 

Viendo lo que supone la fabricación de una prenda, deberíamos reflexionar sobre el uso que le damos a la misma. Desde luego, una vez que dimos el paso de ir vestidos ya no hay marcha atrás, pero hay alternativas para procurar que el impacto provocado por la moda se reduzca al mínimo. Y es aquí donde entran en juego las famosas “3 R”: reducir, reciclar y reutilizar.

En Limonade os proponemos la reutilización, y es que consumiendo ropa vintage no contribuimos a ningún nuevo proceso de producción, reduciendo de esta forma al mínimo el impacto que nuestro armario vaya a crear.

Con todo esto no pretendemos criminalizar el consumo que hacemos de nuevas prendas, pero sí creemos conveniente que reflexionemos sobre lo que supone y así poder actuar de una forma más responsable. Cuando elijas la opción de una prenda de nueva fabricación úsala, dale mucha vida y cuando haya caído en el fondo de tu armario procura que siga vistiendo a alguien, que todo lo que ha supuesto su fabricación se vea de alguna forma amortizado.

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